El sándwich muy equivocado de la Capitana Cometa
🎭 Humor · Historia destacada

El sándwich muy equivocado de la Capitana Cometa

Cómo la galaxia se salvó con un bocadillo, una risa y un alienígena gruñón

por Priya Kapoor

Algunos problemas son demasiado grandes para pelear. Otros solo necesitan almorzar.

La Capitana Priya tenía el mejor comedor espacial de toda la Nebulosa Tambaleante. Su restaurante flotante, el Café Cometa, atendía a todas las criaturas de la galaxia… siempre que no les molestara que la comida se les escapara del plato.

El negocio iba de maravilla. Hasta que llegó el Gruñulón.

El Gruñulón era enorme, morado y muy, muy malhumorado. Estacionó su nave de combate frente al café, cruzó los seis brazos y anunció con una voz como de puerta azotada: —He venido a DESTRUIR esta galaxia. Es demasiado RUIDOSA. Demasiado TONTA. Demasiado LLENA de RISAS.

Los robotitos, Bip y Bup, se escondieron detrás del kétchup.

Priya, en cambio, se secó las manos en el delantal y flotó directo hacia el gigante gruñón. —¿Destruir la galaxia con el estómago vacío? De ninguna manera. Siéntate. Te voy a hacer el almuerzo.

—Yo NO como —rugió el Gruñulón—. Comer es TONTO.

—Perfecto —dijo Priya—. Entonces no te importará que te haga el peor sándwich del universo.

Eso captó la atención del Gruñulón.

Priya se puso manos a la obra. Apiló queso-lunar saltarín y pepinillos-cometa con burbujas. Le añadió una rebanada de algo que tarareaba y un chorro de salsa que cambiaba de color cuando la mirabas. La cosa entera se elevó, se tambaleó, estornudó (los sándwiches hacen eso en el espacio) y le dio un suave golpecito al Gruñulón en la nariz.

La boca del Gruñulón hizo un temblorcito.

—¿Eso fue… una risita? —jadeó Bip.

—Yo NO me reí —insistió el Gruñulón, justo antes de que el sándwich diera una vueltecita, perdiera un pepinillo, y el pepinillo le cayera en la cabeza como un sombrerito verde.

Eso fue el colmo.

El Gruñulón se rió. Una risa enorme, retumbante, atronadora, que sacudió todo el café e hizo temblar cada estrella de la Nebulosa Tambaleante. Se rió hasta que lágrimas moradas flotaron de sus mejillas y dieron vueltas por la sala como pequeños planetas.

—Yo… yo no me reía desde hace cuatrocientos años —dijo por fin, resoplando—. Se me había olvidado cómo. Por eso odiaba el ruido. Me recordaba que todos eran felices… menos yo.

Priya le pasó una servilleta. —Pues —dijo—, el café siempre está abierto. Los gruñones comen gratis los martes.

Y así, el Gruñulón nunca destruyó la galaxia. En cambio, se convirtió en el mejor cliente del Café Cometa, contando chistes malísimos a quien quisiera escuchar. Y la Capitana Priya aprendió que los problemas más grandes y aterradores del universo a veces son solo alguien que ha olvidado cómo reír, y necesita un amigo —y un sándwich muy equivocado— para recordarlo.

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