El aprendiz de la Torre Susurrante
Fantasía · Historia destacada

El aprendiz de la Torre Susurrante

Un cuento de magia pequeña, grandes pruebas y el hechizo que ningún libro podía enseñar

por Milo Fenn

La magia más fuerte de la torre era la que a nadie se le ocurrió medir.

En lo alto de la Torre Susurrante, donde las escaleras subían y subían en espiral hasta las nubes, cien jóvenes aprendices aprendían a hacer magia. Y en el último lugar de la clase estaba un niño llamado Milo.

No podía convertir una piedra en un gorrión. Sus bolas de fuego salían como pompas de jabón. Cuando el gran mago Aldren le pidió que levitara una pluma, esta subió tres dedos, suspiró y se cayó.

—Todos tienen una magia —dijo Aldren con cariño—. Tú simplemente no has encontrado la tuya.

Los demás aprendices se rieron. Milo se quedó callado.

Entonces, una noche, la torre empezó a temblar.

Una grieta de sombra se había abierto en el sótano más profundo, y de ella se arrastró una Penumbra: una oscuridad fría y hambrienta que se tragaba la luz y el sonido. Subió por la escalera de caracol, y uno a uno, los hechizos de los aprendices fallaron contra ella. El fuego no hizo nada. El relámpago no hizo nada. Cuanto más valiente era el hechizo, más parecía alimentarse la Penumbra.

Milo se apretó contra una puerta mientras la oscuridad se derramaba más cerca. No tenía ningún gran hechizo. No tenía absolutamente nada.

Pero escuchó algo que los demás no habían notado: un sonidito asustado que venía de dentro de la misma Penumbra.

Estaba llorando.

La Penumbra no era un monstruo. Estaba perdida.

Así que Milo hizo la única magia que de verdad conocía. Dio un paso al frente, levantó su pequeña luz temblorosa y, en vez de atacar, susurró: —Tranquila. No tienes que estar tan fría. Me quedaré contigo hasta que ya no tengas miedo.

La oscuridad se detuvo.

Él siguió susurrando —suave, paciente, sin prisa— igual que su abuela le susurraba a él durante las tormentas. Y poco a poco, como el hielo que se derrite en primavera, la Penumbra se fue haciendo más pequeña y más blanda, hasta que se acurrucó en sus manos como una tímida sombrita, parpadeando hacia él.

Cuando el mago Aldren los encontró allí al amanecer, no dijo una sola palabra durante un largo rato.

Luego sonrió. —La encontraste —dijo—. Tu magia. Nunca estuvo en los hechizos, Milo. Estuvo en la forma en que escuchas.

Milo seguía siendo el peor de la clase en bolas de fuego. Nunca aprendió a convertir una piedra en un gorrión.

Pero desde aquella noche, cada vez que algo en la torre tenía miedo, o estaba perdido, o solo en la oscuridad, no mandaban a buscar al mago más fuerte.

Mandaban a buscar al niño que sabía susurrar.

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