La noche que se apagaron las luciérnagas
🌿 Naturaleza · Historia destacada

La noche que se apagaron las luciérnagas

Un niño, una abuela y un valle que aprende a brillar de nuevo

por Mateo Ríos

No puedes arreglar toda la oscuridad. Puedes encender una lucecita — y luego otra.

Cada verano, el valle debajo de la ventana de Mateo se llenaba de luciérnagas —miles de ellas, parpadeando en oro— hasta que las colinas parecían el cielo nocturno acostado a descansar.

Hasta el verano en que no llegaron.

Mateo esperó en el porche tres noches seguidas. El prado seguía oscuro y silencioso. —¿A dónde se fueron, abuela? —preguntó.

Su abuela se sentó a su lado, despacio y segura. —El arroyo de la colina se secó hasta ser un hilito —dijo—. Y las flores silvestres que aman dejaron de crecer. Las luciérnagas son pequeñas, mijo. Cuando las cosas chiquitas salen mal, son las primeras en notarlo.

—Pero eso es todo el valle —dijo Mateo—. No podemos arreglar todo el valle.

—No —dijo su abuela—. Pero podemos empezar por un prado. El nuestro.

Y eso hicieron.

Quitaron las hojas que ahogaban el arroyito hasta que el agua volvió a correr clara y fresca. Esparcieron semillas de flores silvestres —de las que aman las luciérnagas— junto a la cerca, en la zanja y al pie de la colina. Les pidieron a los vecinos que dejaran un pedazo de hierba alta y salvaje, un rincón oscuro y suave donde los animalitos pudieran esconderse.

Fue un trabajo lento. No brillaba. Durante mucho tiempo pareció que no pasaba nada, y Mateo quiso rendirse.

—Crecer siempre parece que no es nada —le dijo su abuela—, justo hasta que parece que lo es todo.

Primero volvieron las flores. Luego la hierba alta susurró con grillos. Y una noche tibia, casi al final del verano, Mateo salió al porche y dejó de respirar.

Una luciérnaga.

Solo una, subiendo del prado remendado, parpadeando su lucecita dorada como si dijera: se acordaron de nosotras.

Luego se elevó otra a su lado. Luego diez. Luego cien, luego demasiadas para contarlas, hasta que su propio prado brilló como un pedazo caído de la Vía Láctea. Y al verlo, los niños de los vecinos empezaron a remendar sus prados también, y la luz se fue extendiendo de colina en colina como se extienden las buenas ideas.

Para el verano siguiente, todo el valle volvió a brillar.

Mateo nunca olvidó lo que aprendió en aquel porche oscuro: no puedes arreglar toda la oscuridad de una vez. Pero puedes encender un rinconcito —cuidar un arroyo, un prado, un ser vivo— y si tienes paciencia, tu luz le enseñará a la siguiente luz cómo brillar.

¿Listo para escribir la tuya?

Esta historia se creó con Plumakids. La tuya está esperando a que la escribas.